INSTALACIONES

Alianza Francesa

De floraciones y metamorfosis

Los quince pilares en series de cinco que ha organizado Nora Kimelman, nacen de grandes, viejas piezas de madera que trasiegan una historia previa. Es casi imposible descifrar, de forma precisa, la función desarrollada durante esa historia. De todos modos, no importa demasiado. Lo esencial es que esa vida original, las ha desgastado, ha recubierto sus cuerpos de huellas y cicatrices. El tiempo las ha curtido, les ha generado una nueva circunstancia fisonómica. En ciertas partes de su vigorosa conformación física, ha hecho que su dureza natural se torne casi pétrea. En otras, ha provocado una desvalida fragilidad. Partes de la carnadura vegetal se ha desgranado, se ha perdido en un lento proceso para redondear los surcos superiores o erizarlos de pequeñas estalagmitas. Lo profundamente esencial es que la artista logre llevar esa historia de digna decrepitud, esa insinuación de muerte inexorable, a una instauración inimaginable. Llevarla a una singular germinación vital que acarrea una extraña metamorfosis.

Se impone una precisión previa extremadamente personal y, por lo tanto, opinable.

Esos pilares pueden, si el contemplador así lo decide, ser concebidos como quince obras diferentes, como quince ejecutantes que en una progresiva polifonía van afinando un relato común. Para quien escribe, un contemplador más, una visión más, el conjunto constituye una única e indivisible obra. Porque cada forma prismática va definiendo un itinerario que es, al mismo tiempo, travesía conceptual. Desde lo mínimo, desde el ensamblaje de algunos trozos de gasa, algunas formas en tela, quizás semillas, quizás seres embrionarios, y alguna cuerda, todo comienza a crecer de manera imparable. Los elementos que parecen brotar de la seca y añosa madera se multiplican. Como si se quisiese preservar ese proceso, una especie de encajaría, insólitos ropajes y encordados de macramé, lo van acompañando, determinando su evolución, su perseverancia hacia la eclosión final. Con cautela, casi con pudor va apareciendo el color, esas semillas-gusanos de un color crudo, se van tiñendo en colores muy vivos, presagiando la inminente mutación. Por fin las alas, si es que son alas, aparecen, conquistan el espacio. O sino, las flores rompen la prisión del capullo, se liberan y ondulan sus grandes e irregulares pétalos. Como el lector ha comprobado este breve texto de apoyo no define una clara opción interpretativa. Deja librado a la imaginación de quien ha mirado decidir si se trata de una germinación vegetal o un cambio de estado animal.

De cualquier manera, floración o metamorfosis, los indicios de cambio son evidentes. La revitalización de esas maderas resecas, su vitalidad petrificada, se rinde ante la fuerza alumbradora que sobre ellas se establece. Aun en su pasividad, en su pesado silencio, contra entrañados cansancios, muestran una clara complicidad con el pautado pero irrefrenable trámite que sobre ellas se despliega. Reajustan su personalidad, posiblemente incluso su rasgo físico, un transito de lo horizontal a lo vertical, para que, mansamente, las semillas-gusanos aprovechen grietas, las telas resguarden cicatrizadas y heridas, finalmente, las alas-pétalos desplieguen su casi contradictoria exhuberancia.

El hallazgo inicial es la primera condición destacable. Encontrar esas piezas, rescatarlas de un resignado abandono, detener sobre ellas la mirada creadora, la mirada que anticipa posibilidades, que boceta tentativamente en la conjugación de sensibilidad e intelecto. Pero la condición más estimable tiene que ver con la capacidad para que los materiales elegidos se fusionen sin establecer inconsecuencias en la narrativa visual. Elegir una madera dura añosa, de vigoroso peso visual, en algunos casos acentuado por el encasquetado en prismas metálicos, y hacerla confluir con la levedad de las telas, con el discretamente barroco entramado del macramé, es todo un desafío. Un desafío del cual, Nora Kimelman, sale claramente airosa. La madera es austeridad, gravedad, lentitud, ancianidad. Lo que de ella nace y crece, es desenfado, ligereza, ritmos y vibraciones, alumbramientos. Pero esos dos guiones expresivos no divergen, no generan contradicciones, parecen pertenecerse con una habitualidad prodigiosa. Para conformar ese conjunto de pilares, ese bosque engendrado en la magia. La madera es austeridad, gravedad, lentitud, ancianidad. Lo que de ella nace y crece, es desenfado, ligereza, ritmos y vibraciones, alumbramientos. Pero esos dos guiones expresivos no divergen, no generan contradicciones, parecen pertenecerse con una habitualidad prodigiosa. Para conformar ese conjunto de pilares, ese bosque engendrado en la magia. Prismas donde los elementos pertenecientes a la realidad terminan provocando una escenografía elaborada con las cartografías de lo maravilloso. Todo eso y la libertad de imaginar cualquier otro ingreso interpretativo. Se trata de abrir coreografías para que los sentidos, la suave emergencia analítica, se muevan y recorran los elementos de esa danza quieta, de alguna manera expectante, languidecen en sus suavísimos, apenas susurrados anhelos, en su inaugural emergencia vital.

Ese grupo, ese coro de reminiscencias trágicas aunque sin tragedia, esa única puesta en escena, constituye una nueva muestra de la consolidación creadora en el proceso de Nora Kimelman. De alguna manera, también, un punto de inflexión determinante. En una de sus últimas muestras, ese constante, tesonero crecimiento, afincaba en los estrictos territorios de la escultura entendida como ensamblaje. Esta nueva muestra desdibuja fronteras, de una forma casi traviesa juega desbordándolos. Todo el conjunto sigue siendo una colección de esculturas-ensamblajes. Pero además, el punto de partida es una serie de objetos encontrados. Si bien esos objetos encontrados no sufren una traslación duchampiana sino que se rinden al conceptual ornamento que en ellos va prosperando, siguen manteniendo su personalidad original, es decir, siguen siendo objetos encontrados. Pero también por la presencia de telas y tejidos constituyen una vertiente del arte textil. Y ese marcado rasgo grupal, esa capacidad de transformar un espacio determinado, la posibilidad de que el espectador circule entre sus pasadizos ortogonales, lo acerca a los presupuestos de una mesurada instalación. El arte del siglo XX, los escasos años del nuevo siglo, han dejado y siguen dejando una sentencia fecunda: las semánticas disciplinarias compartimentadas ya carecen de sentido. El entusiasmo creador las rebasa, busca las intersecciones y las fusiones. El planteo de Nora Kimelman acompaña el interés por fundar nuevos encuadres, móviles, rigurosamente arbitrarios, gozosamente abiertos. El hacer artístico adquiere así una nueva dimensión de libertad, una renovada instauración vital.

Alfredo Torres - 2005.

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